Está de moda la frase "envejecer con dignidad". Me dí a la tarea de buscar, de diferentes fuentes, un significado para compartir con ustedes. Pero desistí. Decidí inferir lo que es la dignidad de algo que aprendí justo hoy, mientras conversaba con una de mis hermanas. Tengo tres hermanas increíbles, diferentes entre sí en muchos aspectos, pero iguales en uno fundamental: son fieles a sí mismas. Una de ellas cumplirá en pocos días sesenta años y vamos a celebrarlo como nos encanta, almorzando juntas. Su ilusión es inmensa, porque ese número, sesenta, tiene para ella un significado que sólo vine a comprender mientras fui escribiendo estas líneas. Le pregunté cómo era posible que algo cambiara en ella el día de su cumpleaños. Recuerdo, con algo de vergüenza que cuestioné su sentir (qué atrevida). Afirmé que sesenta es sólo un número, que un sólo día no hace ninguna diferencia, lo dije con un tono sabiondo insoportable. Ella no se molestó. Con la parsimonia que la caracteriza (que a veces envidio y otras me saca de quicio), me aseguró que sí cambia. Porque ella no se imaginó que iba a llegar a esta edad, porque es una persona feliz a pesar de que le duelen las piernas y que de vez en cuando le da tristeza o se preocupa, porque es capaz de disfrutar de las cosas pequeñas, de ir a cine sola, de usar la ropa que le gusta sin importar la opinión de los demás. Me dio en tres frases, una cátedra sobre dignidad, algo muy diferente al orgullo o a la vanidad. Ella no me habló de arrugas, ni de kilos de más, ni de soledad. Ella me habló de vida, de aceptación (sin confundirla por favor con resignación, como si fuera una víctima del brutal paso del tiempo).
Tengo cincuenta y cuatro años y sé de lo que habla mi hermana. Habla de libertad. De mirarme al espejo para darme cuenta si me veo bien, en lugar de buscar la opinión de alguien más que me valide; de decir lo que pienso o de decidir con quién estar sin temor del rechazo; libertad de decir NO, o de decir SI; libertad de cambiar de opinión, de decir "hasta aquí llego", de vivir sin avergonzarme de mis neurosis, miedos y chocheras, de reírme de cada arruga nueva, de aceptar mis gorditos o mis huesitos, de recordar con alegría los logros, de reírme de mi misma recordando las "metidas de pata", de felicitarme por haberme levantado después de los "totazos", de amarme a mí misma y de vez en cuando, odiarme.
La dignidad es un derecho independiente de la edad, es la unión del respeto y la libertad. Cada etapa de la vida merece ser vivida dignamente. Pero siento honestos, a medida que avanzamos hacia la cintuentañez y más, vamos soltando lastres, esclavitudes y ganando libertad.
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