miércoles, 24 de enero de 2018

EJERCITARSE UN PLACER, NO UNA OBLIGACIÓN



Yo no sé si alguien le ha dicho a los médicos que la manera más fácil de que una persona odie el ejercicio es que "TENGA" que hacerlo. "Señora, Señor, usted está con sobrepeso, sufre de hipertensión, tiene altos los triglicéridos, etc., TIENE que hacer ejercicio". Reacción inmediata, ir a comer. En serio, por alguna misteriosa razón esa sentencia abre el apetito; y camino al gimnasio que queda más cerca de la casa, al que seguramente irá en carro, porque no quiere sudar antes de tiempo, hace una parada técnica en una panadería pensando "ya que voy a hacer ejercicio, puedo cometer un pecadillo"...o dos, porque si acaba de salir pan fresco del horno, o pandebono caliente (si vive en Cali), el pecado es no aprovechar la oportunidad de darse ese gustito.

Pues bien, como ese consejo con cara de imposición no tiene manera de que por ahora cambie (sería bueno que los médicos aprendieran un poquito de PNL, sin ofender, que conste que no me les estoy metiendo al rancho, lo digo con cariño y respeto), y ya que la salud  es responsabilidad personal, te tengo algunos tips para motivarte a moverte más y hacer el dichoso ejercicio.

+ Ponte una meta posible, alcanzable a corto plazo.
+Busca una actividad física que te parezca divertida.
+Invita a un amigo(a) para que se animen mutuamente. 
+Esfuérzate de acuerdo a tus posibilidades, ni más ni menos. 
+Esto no es una competencia, pero sí hay un premio: tu bienestar.
+Aprende a reírte de ti mismo(a).
+Alégrate de tu progreso. Hazte un regalo para premiarte (que no tenga muchas calorías).
+Si te sientes muy cansado(a), haz una pausa.
+Recuerda que poco a poco  todo será más fácil y te sentirás con  más energía.
+Sé paciente cuando algo se te dificulte.
+Si algún movimiento te produce dolor, ponle atención y haz los ajustes: 
más lento, mejores zapatos, cuida la postura, consulta a tu instructor, etc.

+Y...finalmente, disfruta, ríe, no te lo tomes tan en serio.





lunes, 8 de enero de 2018

Envejecer con dignidad



Está de moda la frase "envejecer con dignidad". Me dí a la tarea de buscar, de diferentes fuentes, un significado para compartir con ustedes. Pero desistí. Decidí inferir lo que es la dignidad de algo que aprendí justo hoy, mientras conversaba con una de mis hermanas. Tengo tres hermanas increíbles, diferentes entre sí en muchos aspectos, pero iguales en uno fundamental: son fieles a sí mismas. Una de ellas cumplirá en pocos días sesenta años y vamos a celebrarlo como nos encanta,  almorzando juntas. Su ilusión es inmensa, porque ese número, sesenta, tiene para ella un significado que sólo vine a comprender mientras fui escribiendo estas líneas. Le pregunté cómo era posible que algo cambiara  en ella el día de su cumpleaños. Recuerdo, con algo de vergüenza que cuestioné su sentir (qué atrevida). Afirmé que sesenta es sólo un número, que un sólo día no hace ninguna diferencia, lo dije con un tono sabiondo insoportable. Ella no se molestó. Con la parsimonia que la caracteriza (que a veces envidio y otras me saca de quicio), me aseguró que sí cambia. Porque ella no se imaginó que iba a llegar a esta edad,   porque  es  una persona feliz a pesar de que le duelen las piernas y que de vez en cuando le da tristeza o se  preocupa, porque es capaz de disfrutar de las cosas pequeñas, de ir a cine sola, de usar la ropa que le gusta sin importar la opinión de los demás.   Me dio en tres frases, una cátedra sobre dignidad, algo muy diferente al orgullo o a la vanidad. Ella no me habló de arrugas, ni de kilos de más, ni de soledad. Ella me habló de vida, de aceptación (sin confundirla por favor con resignación, como si fuera una víctima del brutal paso del tiempo). 

Tengo cincuenta y cuatro años y sé de lo que habla mi hermana. Habla de libertad. De mirarme al espejo para darme cuenta si me veo bien, en lugar de buscar la opinión de alguien más que me valide; de decir lo que pienso o de decidir con quién estar sin temor del rechazo; libertad de decir NO, o de decir SI; libertad de cambiar de opinión, de decir "hasta aquí llego", de vivir sin avergonzarme de mis  neurosis, miedos y chocheras, de reírme de cada arruga nueva, de aceptar mis gorditos o mis huesitos, de recordar con alegría los logros, de reírme de mi misma recordando las "metidas de pata", de felicitarme por haberme levantado después de los "totazos", de amarme a mí misma y de vez en cuando, odiarme.

La dignidad es un derecho independiente de la edad, es la unión del respeto y la libertad.  Cada etapa de la vida merece ser vivida dignamente. Pero siento honestos, a medida que avanzamos hacia la cintuentañez y más, vamos soltando lastres, esclavitudes y ganando libertad.

domingo, 7 de enero de 2018

El tamaño de mis sueños



Piensa en grande. Una frase que está de moda. Tu mereces lo mejor. No te conformes, tú lo mereces todo. Y entonces yo me quedo pensando y me pregunto ¿cómo es que alguien puede darle una medida a mis sueños? Durante doce años trabajé como profesora de gimnasia con adultos mayores; yo diría más que mayores, los más grandes, esos que han tenido la valentía o la suerte o el destino de acercarse a la centena con todo lo que ello conlleva. Los sueños de ellos eran muy diferentes a los míos o a los de un hombre de treinta y cinco años que está ascendiendo profesionalmente o a los de una pareja que está a punto de casarse. Podría seguir enumerando hasta el infinto, pero vuelvo a los ancianos. En sueño de una anciana puede ser recibir la visita de su hija y para ese día se pone su mejor vestido, desayuna y se sienta a esperar con la pierna cruzada y la cartera bajo el brazo. Para otra puede ser volver a caminar después de una fractura de cadera o la celebración, con músicos y todo, de su cumpleaños  número noventa. ¿Es que sus sueños son menos importantes que los míos?

Ahora bien, yo no tengo ni treinta, ni ochenta, tengo cincuenta y cuatro, me acerco sin miedo a los cincuenta y cinco y también tengo sueños. Piensa en grande, me dicen y yo sueño con ir a San Andrés a participar en una competencia de triatlón, sueño con terminarla, con disfrutarla, pero no con ganarla. Señoras y señores, mi sueño es grande, es inmenso. Cumplir ese sueño implicará madrugar más, hacer muchas piscinas, rodar más kilómetros en mi bici. Pero es mi sueño. Un día alguien me preguntó...¿qué quieres demostrar con eso del triatlón? Nada. Es mi sueño. Y tengo más.

Si tu sueño es ir a París, perfecto; pero si es caminar hasta la panadería a comprar pan fresco con café con leche, también es perfecto. También escuché alguna vez que uno envejece cuando deja de tener sueños. Los ancianos me enseñaron que no existe alguien sin sueños. Así que sueña, no grande, ni  mediano, ni pequeño; sueña tus propios sueños, cámbialos si quieres, pero no dejes que nadie te los descalifique. Son tuyos, por lo tanto, tienen el tamaño perfecto. NAMASTÉ

Ana María Reyes M.