Piensa en grande. Una frase que está de moda. Tu mereces lo mejor. No te conformes, tú lo mereces todo. Y entonces yo me quedo pensando y me pregunto ¿cómo es que alguien puede darle una medida a mis sueños? Durante doce años trabajé como profesora de gimnasia con adultos mayores; yo diría más que mayores, los más grandes, esos que han tenido la valentía o la suerte o el destino de acercarse a la centena con todo lo que ello conlleva. Los sueños de ellos eran muy diferentes a los míos o a los de un hombre de treinta y cinco años que está ascendiendo profesionalmente o a los de una pareja que está a punto de casarse. Podría seguir enumerando hasta el infinto, pero vuelvo a los ancianos. En sueño de una anciana puede ser recibir la visita de su hija y para ese día se pone su mejor vestido, desayuna y se sienta a esperar con la pierna cruzada y la cartera bajo el brazo. Para otra puede ser volver a caminar después de una fractura de cadera o la celebración, con músicos y todo, de su cumpleaños número noventa. ¿Es que sus sueños son menos importantes que los míos?
Ahora bien, yo no tengo ni treinta, ni ochenta, tengo cincuenta y cuatro, me acerco sin miedo a los cincuenta y cinco y también tengo sueños. Piensa en grande, me dicen y yo sueño con ir a San Andrés a participar en una competencia de triatlón, sueño con terminarla, con disfrutarla, pero no con ganarla. Señoras y señores, mi sueño es grande, es inmenso. Cumplir ese sueño implicará madrugar más, hacer muchas piscinas, rodar más kilómetros en mi bici. Pero es mi sueño. Un día alguien me preguntó...¿qué quieres demostrar con eso del triatlón? Nada. Es mi sueño. Y tengo más.
Si tu sueño es ir a París, perfecto; pero si es caminar hasta la panadería a comprar pan fresco con café con leche, también es perfecto. También escuché alguna vez que uno envejece cuando deja de tener sueños. Los ancianos me enseñaron que no existe alguien sin sueños. Así que sueña, no grande, ni mediano, ni pequeño; sueña tus propios sueños, cámbialos si quieres, pero no dejes que nadie te los descalifique. Son tuyos, por lo tanto, tienen el tamaño perfecto. NAMASTÉ

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