Tantas despedidas a través de la vida y siguen doliendo. Eso si, después de cierta edad hacemos menos drama y el dolor pasa, no se instala. Nos despedimos de compañeros de colegio, maestros, casas, amigos del barrio, los abuelos, tíos, parejas, casas, ciudades, países, trabajos, aficiones, deportes. Son las personas, cosas o situaciones con gran significado para nosotros a las que nos aferramos a través de la vida. Y cuando debemos dejarlas ir por la razón que sea, se llevan un poquito de nuestro corazón.
Dejar ir, duele. Pero intentar retener lo que ya no quiere o no puede estar, es más doloroso aún. Imagina que eso que debe irse está amarrado al extremo de una cuerda y que el otro extremo está atado a tu cuello. Empieza a alejarse y la cuerda se tensa más y más. Sientes que te duele la piel, que empiezas a tener dificultades para respirar. Tienes en tu mano una tijera y puedes cortar la cuerda cuando lo desees, pero si lo haces, lo que está amarrado se irá para siempre.
La tijera es la decisión de soltar. Nadie puede cortar por ti. Es tu decisión. Suelta. Sé que puedes. Sientes que no eres capaz, que no tienes fuerzas para hacerlo. Pues bien. Sí las tienes. Cada vez que te haces consciente del momento presente, que agradeces, que valoras lo que tienes ahora, aumenta tu fuerza. Cada vez que aceptas que el presente no se puede cambiar, aumenta tu fuerza. Inténtalo. Se que puedes.
Y si las cosas se ponen difíciles, busca un amigo, una lectura, una película que te anime, una afición que te alegre el espíritu. Acepta tus emociones. Si necesitas llorar, hazlo, deja que tu emoción se libere y te libere. Lo que ganas al soltar, paga el precio del proceso: tu paz interior, nuevas oportunidades, salud, ganas de vivir otra vez.
NAMASTE. Te saludo de corazón a corazón.
